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“Mi primera exigencia fue dejar constancia de mi gratitud fraterna por la grande y ejemplar solidaridad que el aprismo ha tenido conmigo. Pero, al mismo tiempo, pedí distinguir con claridad entre lo que significa mi persona y lo que significa el Perú. Ese deslinde es esencial para actuar con un criterio verdaderamente patriótico y creador, capaz de ofrecer soluciones constructivas y duraderas.
El Partido Aprista ha formado generaciones de hombres y ha creado escuela. Los veteranos que fundamos este movimiento cumplimos una etapa histórica, pero hacia él llegan —y seguirán llegando— nuevas promociones, nuevas jornadas y nuevas fuerzas.
El aprismo no es un proyecto personal ni circunstancial: no morirá con sus fundadores. Todos los intentos por destruirlo han fracasado, porque responde a una necesidad histórica del país. El aprismo debe continuar su gran marcha en la historia nacional y, en esta avanzada hacia el futuro, es necesario comprender que incluso por encima del fundador está la causa, el Partido y el Perú.
Esta posición no implica renuncia, ni claudicación, ni debilidad. Es, por el contrario, una afirmación de principios y una lealtad absoluta al destino histórico del aprismo y de la nación.”
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