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El APRA no es un partido del pasado. Es una fuerza histórica viva, porque ha sabido renovarse sin renunciar a su doctrina. Nuestra mejor garantía de vitalidad y de supervivencia no está en los hombres viejos ni en las glorias pretéritas, sino en estas caudalosas corrientes de nuevas promociones juveniles que están aumentando día a día nuestras filas. En ellas está la continuidad moral y política del aprismo.
La juventud aprista no es una juventud de resentimiento ni de violencia ciega. Es una juventud organizada, disciplinada y consciente. No lucha por destruir, sino por transformar. No busca privilegios, sino justicia. No ambiciona el poder por el poder, sino el poder como instrumento de liberación nacional.
Nuestra doctrina nació para liberar al Perú del feudalismo interno y del imperialismo externo. Nació para organizar a los trabajadores, a los campesinos, a la clase media y a los intelectuales en un frente nacional de justicia social. No nació para la aventura ni para el caos, sino para la revolución democrática.
Por eso, el aprismo no es enemigo del orden, sino del desorden injusto. No es enemigo de la ley, sino del abuso de la ley. No es enemigo del Estado, sino de un Estado que sirve a minorías y no al pueblo. Queremos un Estado fuerte, pero moral; poderoso, pero popular; moderno, pero nacional.
La Fraternidad no es una consigna sentimental: es una política. Significa unir a los peruanos en un proyecto común de desarrollo con justicia. Significa desterrar el odio como método de gobierno y la persecución como forma de autoridad. Significa que el adversario político no es un enemigo a destruir, sino un compatriota a convencer.
Durante décadas se ha querido presentar al aprismo como un factor de división. La verdad es lo contrario: hemos sido perseguidos porque quisimos unir al Perú desde abajo, desde los trabajadores y los pobres. Nos combatieron porque quisimos hacer del Estado un instrumento del pueblo y no de las castas.
Hoy decimos al Perú que nuestra lucha no es de revancha ni de venganza. Es una lucha de organización, de conciencia y de programa. No queremos el poder para castigar, sino para transformar. No queremos la victoria para humillar, sino para construir.
El APRA seguirá siendo una escuela política y moral. Seguiremos formando militantes, no clientelas. Seguiremos exigiendo disciplina, no servilismo. Seguiremos predicando la moral pública como fundamento de la revolución.
El Perú necesita una gran alianza nacional de los que producen, de los que trabajan y de los que piensan. Esa alianza solo puede construirse sobre la base de la fraternidad social, de la justicia económica y de la soberanía política.
Por eso afirmo hoy, con la serenidad que da la experiencia y la esperanza que da la juventud: el aprismo no muere, porque no es un hombre ni una generación. Es una causa histórica. Y esa causa vive en la juventud organizada que recoge nuestra bandera y la proyecta al porvenir.
Compañeros:
No renunciemos a la lucha, pero hagámosla con inteligencia. No renunciemos a la firmeza, pero practiquémosla con fraternidad. No renunciemos a la revolución, pero hagámosla con el pueblo y para el pueblo.
Nuestra consigna sigue siendo la misma: Pan con libertad, justicia con democracia, patria con pueblo.
Que este Día de la Fraternidad sea un compromiso renovado con el Perú y con su destino.

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