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Haya distingue con claridad dos tiempos dentro de la estrategia y la táctica del APRA: la preparación de su muerte y el resultado político de esa muerte.
Con ello reconoce que su desaparición física no sería un hecho privado, sino un acontecimiento político de enormes consecuencias, capaz de generar desconcierto, inseguridad y tensiones internas en el Partido.
El Jefe no idealiza al aprismo: lo conoce. Sabe que, ante su ausencia, emergerán rivalidades aparentes, incongruencias y disputas, no necesariamente por mala fe, sino por el vacío natural que deja una conducción histórica irrepetible. Esa honestidad intelectual es, en sí misma, una lección de liderazgo.
Pero es en la nota escrita de su puño y letra, el 6 de diciembre de 1965, donde Haya fija su testamento doctrinario más severo y categórico: “Todo aquél que nos divida, enemigo es.”
Aquí no hay ambigüedad. Para Haya, la unidad del Partido no es una opción táctica ni un acuerdo circunstancial: es un principio estratégico superior, inseparable de la supervivencia del aprismo como fuerza histórica.
Más aún, el Jefe desenmascara una de las formas más peligrosas de división: aquella que se disfraza de pureza ideológica, que invoca de manera demagógica un supuesto “retorno al aprismo de 1931”, como si la doctrina fuera un dogma inmóvil y no un pensamiento vivo, dialéctico y creador, adaptado a cada tiempo histórico.
Con esta afirmación, Haya rechaza el fundamentalismo doctrinario, el uso sectario de la historia y la nostalgia como armas para fracturar al Partido. Defender la línea primigenia no significa congelarla, sino proyectarla al presente y al futuro, fiel a sus principios pero consciente de la realidad cambiante.
En clave doctrinaria, el mensaje es contundente: quien divide al aprismo, aunque invoque a Haya, traiciona a Haya.
Quien fractura la unidad, aunque se proclame guardián de la pureza, actúa contra el interés histórico del Partido y del pueblo.
Enseñanza vigente
Este pronunciamiento no pertenece solo al pasado. Es una norma ética y política permanente para la militancia aprista:
la crítica es legítima, la discrepancia es necesaria, pero la división organizada es enemiga del proyecto histórico.
La unidad, en el aprismo, no es silencio ni sumisión: es disciplina consciente, debate fraterno y lealtad al objetivo superior.
Ese fue el último gran llamado del Jefe.
No a su persona, sino al Partido como instrumento del pueblo.
No al pasado, sino al porvenir.
Fuente:
Haya de la Torre – El Plan de Acción
Comentarios de la c. Nydia Málaga - Lince

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